Por Conchita García
4G matutino

Este sabor a indiferencia
amargo,
crudo,
queda de un amor claudicado.
Las mariposas que revoloteaban en su estómago,
ahora son carroñeras de ilusiones
pálidas;
se posan vagas
en los despojos y escombros de promesas incumplidas.
Las semillas de esa relación
que una vez plantaron
tuvieron breve primavera,
pues les llegó un otoño infinito
donde las aves ya no cantan
y abundan hojas secas
sobre los prados de mi infancia,
van de tumbo en tumbo
a un futuro desvanecido en el aire
y caen en las aguas turbias
que han dejado mis lágrimas.
Mi hogar muerto se nutre con migajas de recuerdos,
yace bajo luciérnagas del funesto cielo
en esta paradoja de amar y odiar.
Cada uno tiene una parte de mi,
desnuda,
muerta,
frágil entre sombras.
Soy testigo muda de sollozos a puerta cerrada,
peleas y reclamos con lúgubres voces
se convirtieron en la banda sonora
de una obra dramática que no quise ver
y silencios que hicieron ecos en las paredes;
macetas rotas: símbolo de una familia que no existe,
umbral del abandono.
Juraron amarse hasta el final
mas perdieron el rumbo
y yo aquí en medio de su dolor convulsivo
con gotas de sangre salada corriendo por mi rostro.
Aquel sentimiento mutuo
se convirtió en siniestras miradas.
Las copas de boda ahora son de borrachos,
no hay madrinas en las bodas de platas,
ya no canta el coro de la plaza.
Hoy todo es ceniza,
polvo en la vitrina,
tinta regalada en los juzgados
y firmas que dictaron mi sentencia
-Quedas huérfana de hogar
en mal habida soledad y abandono. –
Esto es un hastío,
nostalgia de armonía
recuerdos de un pasado,
pieza rota en el tablero de la vida.
Treinta maletas y una puñalada
Es lo que pinta después del arroz
En la puerta de la iglesia.