Hace una década conocí a un hada, que todos llamaban «la más bella del mundo mágico», yo solía escaparme de casa para visitarla todos los días y así admirarla mientras volaba. Al regresar a mi cabaña, siempre me sentía afligida de dejar a mi hada atrás, por lo que decidí mudarme al bosque para nunca dejar de verla.

Primaveras después, la joven me confesó entre secretos que nunca había tenido un hogar propio, pues siempre se vio obligada a vivir en las expectativas de los demás. Eso me entristeció mucho, así que le dije que podía vivir conmigo, que yo sería su hogar y ella accedió.

Desde el primer día, pude ver sin dificultad como las dudas que sembraron en ella siempre estaban presentes. «¿Soy importante? ¿Soy suficiente? ¿Te gustan mis alas?», me inquiría con frecuencia. «Claro que sí, tus alas son preciosas, con colores cristalinos y tan grandes que puedo verlas desde el suelo mientras vuelas. No conozco a nadie que no quede encantado con ellas». Nunca me creyó ni una palabra.

Los demás seres relataban como de pequeña, el hada atraía a todos con su magia y que sus alas eran el doble de brillantes, coloridas y grandes de lo que eran el día que la conocí. Cuando les pregunté qué les había pasado me narraron que cuando la joven tenía doce años sus padres traicionaron a los aliados mágicos y fueron castigados con el exilio, sin embargo fue su retoño quien sufrió las consecuencias, pues fue condenada a tener las alas más bonitas del mundo, pero cada vez que alguien las viera se iría deshaciendo hasta volverse cenizas. No pude evitar horrorizarme al saber que cada vez que cualquiera reparaba en sus alas, ella estaba más cerca de desaparecer.

El hada me contó como su familia enterró su identidad entre halagos superficiales y desde entonces dependía de ellos para poder ser feliz. Le afirmé que de ahí en adelante yo me aseguraría de llenar su vacío para que no necesitara mostrarse más; ella se negó. Le rogué que se escondiera, en lugar de responder solo sonreía débilmente sin ser capaz de ocultar el miedo en sus ojos.

Una vez miré accidentalmente la insuficiencia tatuada en sus alas. Ese día no paré de sollozar y pedir perdón, en cambio todos los demás le exigían sin descanso «Queremos verlas» y cada vez que les obedecía yo gritaba «¿A caso no ven las grietas mientras vuela?, ¡dejen de mirarla!» «ocúltalas por favor» le pedía entre lamentos. Pero desde niña aprendió que los aplausos reflejaban amor así que a pesar de estar agotada de exhibirse jamás se detuvo para no ahogarse en el río de la decepción.

«A veces creo que soy una impostora» reconoció una noche «Deseo ser yo misma, pero ni siquiera recuerdo quien soy. Todos esperan algo de mí y yo solo quiero conservar mis alas eternamente e ir a donde yo quiera» me dijo con un hilo de voz a nada de quebrarse y yo deseé con todas mis fuerzas poder guardarla para siempre en mi corazón para protegerla de todo el mal del mundo. Aquello era imposible porque sus padres fueron los primeros en hacerle daño y exponerla a los peligros de la vida.

Mientras dormía se podía observar con facilidad como su pequeño cuerpo presentaba las historias que la lastimaban, aun cuando no podía expresarlas en voz alta. Su alma era de cristal y la dejaban caer sin cavilar.

Cada día se extinguía a sí misma, como si la aprobación de los demás, fuese a salvarla de su trágico destino. Asistía a celebraciones, pero era difícil divertirse cuando se sentía como una herida abierta. Tomaba el dolor de perder su vida como broma, excepto que ni ella ni yo nos reíamos, todo el tiempo caminó sobre una línea muy delgada, donde no me atendía cuando le suplicaba que guardara sus alas y que no dejara que los demás las vieran.

Hizo a la aprobación su templo, su cielo, su todo. Y si bien ella pensaba que para existir debía ser celebrada, yo sabía que su belleza existía, aunque nadie la viera. Por el contrario, los demás solo la consumían, siempre amándola por lo que querían ver y no por lo que verdaderamente era. Nunca fue ella misma, dedicó su vida a intentar todo para que la siguieran mirando.

«Creo que el bosque está embrujado, por eso hay huecos en tus alas» inventé un día» Deberías irte volando lejos de aquí, así ya no tendrás razón para llorar» supliqué con el alma rota «vete hasta el confín del mundo, cúbrete y limpia tus lágrimas con tus manos deshechas, ya no tendrás razón para actuar como si tus sentimientos no importaran». Pareció pensarlo por un largo momento.

Ella nunca se marchó. Pasó el resto de su breve vida deseando que todo fuera como solía ser, pasó el resto de sus vuelos siendo derribada por el peso de las expectativas. Le dijeron que era la favorita y cuando dejó de brillar nadie dudó en bajarla del pedestal, que toda su vida fue su sistema de creencia.

Mi madre solía decir «si nunca sangras, nunca creces» pero el hadita les dio sangre y lágrimas y nunca la dejaron crecer, en cambio, después de asfixiarla con su ignorancia, por fin se vio librada para siempre del miedo al rechazo, a la insignificancia, a la comparación y a decepcionar a todo el mundo.

Mi hada ya puede ir a donde ella quiera, pero jamás a casa conmigo.

Sarah Méndez

 

Por Sarah

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *