Estoy un balcón, la piel me arde bajo el astro, mi corazón late a su pesar y esta ausencia de paz me acompaña desde hace ya varios años. Un pensamiento me asegura que puedo volar así que intento fusionarme con el cielo, una corriente de aire golpea mi rostro. Mi cuerpo vuela junto a un ave que canta su dolor, quiero seguirla a su nido para por fin tener un hogar, pero escapa de mi compañía justo cuando la realidad cae sobre mi espalda.

En la calle el mundo ve unas cuantas sombras siguiendo mi rastro bajo alas lóbregas. Exhaustas, siguen un laberinto constelado hasta encontrar un lugar vacío. Cavan mi casa junto a la de alguien más y aunque no logro leer el nombre parece que se mudó hace bastante tiempo. “No me dejen aquí” suplico, pero nadie me escucha. Dejan adornos en mi nuevo hogar y se marchan, dejándome sola de nuevo.

Intento despertar, todo este tiempo me convencí de que era una pesadilla, pero mis ojos ya no derraman lágrimas, mi cuerpo no duele y la guerra en mi interior ha cesado.

Sarah Méndez

Por Sarah

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