
Mi azul trágico y tu amarillo fulgente, no estaban destinados a entrelazarse, pero crearon una hermosa pradera donde pudimos existir en tranquilidad por un tiempo.
Si tan solo fuera posible regresar al pasado, congelar el instante donde la vida comenzó a surgir y convertirlo en mi hogar, porque en el presente las flores se están muriendo por la sequía. Nuestros ojos se cansaron de llenar los arroyos, nuestras rodillas están rotas de tanto pedir compasión, tornáronse del morado a un verde doloroso que ahora en nada se parece a nuestro hogar.
Aunque quisiéramos proteger este paisaje toda la vida —perlas de ámbar y follaje marchito—, debemos irnos antes de que alguien tiña todo de rojo. Quizá el tiempo devuelva el verde a la naturaleza o la transforme en un gris triste arraigado en nuestra memoria. De cualquier forma, dejemos que los matices del pasado caigan como el anaranjado otoñal y permitámonos ser incoloros por primera vez.
Sarah Méndez