Tenía un espejo colgado en mi hogar, de cara a la ventana, frente a las margaritas que florecían por la primavera. Era perfecto porque me veía reflejada en él cada vez que salía por la puerta y me mostraba solo las partes buenas, los fragmentos que me gustaban de mí. Lo tuve por mucho tiempo, todos los días lo miraba con cariño y cada vez que pasaba sonreía, únicamente porque me hacía feliz verme en él.

No tenía idea de que era un arma para empuñar, pensé que solo existía para apreciarme en él, iluminarme y cuidarlo. Sin embargo, un día horrible me enteré pues de alguna manera se quebró. A veces pienso que lo rompí sin querer, tal vez alguien más lo hizo o incluso pudo haberse roto solo, creo que nunca lo sabré y confieso que prefiero vivir con la incertidumbre que conocer la cruel verdad.

Intenté desesperadamente armarlo, poner las piezas en su lugar, pero a pesar de mis esfuerzos no pude ya que no todas encajaban y algunas se perdieron bajo el sofá. En el intento, un río carmesí y cálido se apoderó de mi mano; mi espejo era hermoso hasta que me hizo sangrar. No había señal del corte, salvo por la sangre en el piso de mármol, de hecho, al principio pensé que era un sueño porque mi espejo jamás me dañaría de esa manera, pero luego fue una pesadilla, una opresión aplastante que cayó sin cuidado sobre mis esperanzas. Mi mano sangraba, mi corazón dolía, mis ojos se deshicieron en pequeñas corrientes y no es que alguno estuviera relacionado con lo otro, aunque de alguna forma, todo volvía a mi espejo.

Me vi obligada a tirarlo pues era inútil, por más que lo reparaba ya no podía verme en él de la misma manera que antes. Ahora no hay nada a lo que mirar en el espacio vacío de la pared, mucho menos algo que cuidar o admirar. La ventana se lamenta cada amanecer al no tener a su compañero, las plantas que sembré se marchitaron al sentir la soledad de su partida y yo me quedé con una pieza solo por el bien de la memoria. Aún lo guardo en el cajón junto a mi cama, no muy segura de por qué. Tal vez para ver mi reflejo distorsionado, tal vez para sonreírle o decir las palabras que nunca dije antes, quizá para gritarle, para preguntar por qué me lastimaría alguna vez, pero supongo que alguien tuvo que herirlo primero. A veces lo uso para ver fragmentos de la luna y el brillo de las estrellas, y si bien me entristece saber que no volverá a reflejar como solía hacerlo, lo sigo devolviendo a la gaveta, bajo llave. Me lo quedo por si alguien intenta atacarme, para poder defenderme con él, para hacer sangrar a alguien como mi espejo hizo una vez.

A veces espero encontrar otro espejo igual que el mío, aunque seguramente jamás lo haga porque no necesito nada más que la pequeña parte que conservo. Es suficiente para mí, incluso si nadie más puede verlo o si jamás puedo observar mi reflejo, porque no quiero ser nadie más que la persona que veía en él todas las mañanas. Y yo puedo ver directamente a un sol eclipsado, e incluso estar toda mi vida en una habitación llena de humo, pero nunca, nunca vería a otro espejo que no sea el que guardo en mi corazón.

Sarah Méndez

Por Sarah

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