
El mar está forjando su propio canto, el murmullo de las olas es absorbente, los ecos de la Gran Guerra llegan hasta mis oídos. Una brisa fría toca el calor de mi corazón, pero solo puedo sentir mi angustia. El anochecer llega antes de lo esperado, los últimos rayos del sol se esconden, tras las nubes grises. A medida que la luz del astro se disipa, hay demasiada oscuridad, incluso para las sombras.
Pero aquí estoy, al borde de mi cordura, a punto de saltar desde el acantilado, donde prometimos amarnos en todas las vidas. El viento corre el rumor de que el héroe murió, pero yo sigo justo donde me dejaste, de pie en la orilla de nuestros sueños más prometedores. Puedo ver tus ojos en el mar profundo donde las olas siempre han ido al ritmo de tus latidos. Sin embargo, esta vez son tranquilas, sin movimiento. Dime por qué, si juraste no pelear en la Gran Guerra.
Mi sol eclipsado, ¿dónde estás?, no me dejes esperando. Estoy donde acordamos, confiando en tu regreso. ¿Por qué no vienes, si soy tu mentira piadosa, tu devoto amor?. Juramos dejar atrás a la Gran Guerra, pero el cielo me dice que han matado a un caballero. No puedes ser tú, porque me ofreciste un para siempre y, querido, esa es la única mentira en la que creeré, hasta el día de mi muerte.
El mar me pide que salte, pero no lo haré, no sin saber de ti. Estoy recuperando el aliento, mirando sobre el abismo, persiguiendo mi desgracia, sin señales de tu llegada. ¿Escapaste de la contienda?. Prometiste volver para huir juntos, pero escuché el disparo de un cañón. Tengo un pensamiento tan peculiar, de que este dolor será eterno.
Las aves llegaron, me confesaron que te vieron entre las grietas de la luz, desplomado en el campo de batalla. Dime que no es cierto. Sabes que no pertenezco, y mi amado, tú tampoco, por los problemas que causamos y las mentiras que dijimos. Oh, mira en lo que nos hemos convertido. Estoy en llamas y tú estás hecho de mis cenizas. El amor se me ha escapado de las manos, cuando por fin lo tenía a mi alcance.
De tu sangre nacerá una peonía, como con la que prometimos lealtad eterna, al borde del barranco. Si escribo cartas hechas de lágrimas, dirigidas al fuego, ¿me responderás?. Juré no llorar más si sobrevivíamos a la Gran Guerra, juraste venir por mí para ser infinitos. No debimos hacer juramentos que no podíamos cumplir. Perdiste la guerra, y yo te perdí a ti.
Mi batalla sin victoria, esto me ha roto. Parada en nuestro acantilado, grito ¡Dame una razón!, pero tu amor inconstante es lo único en lo que creía, ahora tus ojos se hunden, y así los barcos de guerra se hundirán bajo las olas de la mañana. Sabías que aún me dolía debajo de las cicatrices, de cuando nos rechazaron, pero lo que hiciste fue igual de egoísta. Me dejaste sola en un mundo desconocido.
Una peonía roja creció del suelo estéril, pero no estás aquí para verlo, porque decidiste unirte a la Gran Guerra. Mi único amor, mi reino invadido, mi crimen favorito; en aguas tan tentadoras, tomo impulso para encontrarme contigo de nuevo, para ser felices en nuestra próxima vida.
Sarah Méndez